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El malestar no es un error

Por: Ps. Francisco Salinas

Hace un tiempo me pasó que un paciente consultó porque había tenido episodios de conflicto con su pareja, de tal magnitud que no quería tenerlos nunca más, esto le llevó a querer asistir a psicoterapia. Intrigado le pregunté sobre estos conflictos, me imaginé por como me lo planteó que se trataban de peleas fuertes, con violencia y graves transgresiones. Lo que me contó fue muy diferente, una vez en una junta con amigos, su pareja hizo referencia a una relación que había tenido varios años antes de conocer a mi paciente. El haber escuchado esto le generó inseguridad, se preguntó qué podría haber tenido esta persona que no tenga él, me dijo que noquería volver a sentir esto, buscaba tener mejor autoestima. Le planteé preguntarle a su pareja esa misma pregunta que él se hacía a sí mismo, me respondió diciendo que es algo que tiene que ver él mismo, no cargar a su pareja con su inseguridad. Estos conflictos habían sido los únicos tres conflictos que habían tenido luego de 9 meses de relación. Como este paciente, muchos consultan pidiendo mejorar en áreas que no es obvio que estén en necesidad de arreglo en primer lugar. El malestar que sentimos ¿Es señal de algo que exige corrección, o es más bien, causa de un mandato externo que insiste en que siempre se puede estar mejor?

Es diferente pensar que alguien está “mal” a que “puede estar mejor”. El primer enunciado tiene un punto de llegada: se identifica lo que anda mal, se corrige, y ahí termina el proceso. El segundo no tiene techo. Si el ideal es la mejor versión posible de uno mismo, la eficiencia, la productividad, la felicidad optimizada, entonces no hay una meta que se alcance de una vez y para siempre — hay una carrera sin línea de llegada. Y en esa carrera, cualquier malestar deja de ser parte de la vida para transformarse en una falla a corregir cuanto antes.

Vale la pena preguntarse si este afán por eliminar todo malestar es una novedad o si, más bien, la novedad está en otro lado. Ya en 1930 Freud (1930/1992) escribía El malestar en la cultura: el sufrimiento psíquico no es un error del sistema sino que es el precio que pagamos por vivir en sociedad. Para Freud no hay cultura sin renuncia a nuestros deseos y necesidades — todo aquello que la vida en común nos exige ceder, todo impulso que no podemos descargar libremente porque hay un otro, una ley, una convivencia que lo impide, deja un resto. Ese resto es malestar. No un malestar que indique que algo salió mal, sino uno que aparece precisamente porque las cosas van como tienen que ir: hay cultura, hay lazo social, y por lo tanto hay costo.

Esta idea contrasta fuertemente con el ideal contemporáneo de una vida sin fricción, saludable, enfocada en mejorar. Si para Freud el malestar es el precio ineludible de vivir con otros, hoy pareciera que cualquier costo es visto como evitable, como un problema técnico a resolver: la pastilla correcta, la terapia breve correcta, la rutina de autocuidado correcta. La pregunta que surge no es solo «¿por qué sufrimos?», sino «¿por qué asumimos que no deberíamos sufrir?» — y esa pregunta, lejos de ser obvia, tiene una historia.

Basta mirar hacia atrás para notar que la idea de que el sufrimiento debe eliminarse a toda costa no siempre fue así. En la Edad Media cristiana, el dolor y el sacrificio ocupaban un lugar central en la vida espiritual: el sufrimiento no se combatía, se ofrecía. El ayuno, la penitencia, el ascetismo, incluso la enfermedad, podían leerse como una forma de imitatio Christi, un camino de purificación y acercamiento a Dios (Le Goff & Truong, 2005). El malestar tenía, ahí, un lugar simbólico: no era un error a corregir sino un lenguaje, una manera de vincularse con algo más grande que uno mismo. Nada más lejano a la lógica actual, donde el sufrimiento no comunica nada — solo estorba.

Esta forma de darle sentido al malestar no es exclusiva del cristianismo medieval. El estoicismo grecorromano —Séneca, Epicteto, Marco Aurelio— no buscaba eliminar el dolor sino transformar la relación con él: no todo depende de nosotros, y la tarea no es no sufrir, sino aprender a discernir qué sí está en nuestras manos (Epicteto, 1993). El budismo, por su parte, ubica el sufrimiento (dukkha) como la primera de las nobles verdades: no un accidente evitable, sino una condición constitutiva de la existencia, cuya comprensión —no eliminación inmediata— es el punto de partida de todo camino espiritual (Rahula, 1959/2009). En todos estos casos, culturas y épocas muy distintas coinciden en algo que hoy resulta casi extraño: el malestar tenía un sentido, un lugar, una función. No era, sobre todo, algo que debía desaparecer con urgencia.

¿Qué cambió, entonces? El filósofo Byung-Chul Han (2012) plantea que ya no vivimos bajo la lógica disciplinaria del «no puedes» —la prohibición, el límite externo— sino bajo la lógica del rendimiento: un «puedes» ilimitado que nos empuja a la autooptimización permanente. Ya no hay un otro que nos diga hasta dónde llegar; nos exigimos a nosotros mismos, sin freno, creyendo que así nos realizamos. El resultado, según Han, no es menos sufrimiento sino agotamiento: un cansancio nuevo, sin enemigo externo, porque el que exige y el que se agota son la misma persona. Ya no hay Dios, ni ley, ni límite que sostenga el malestar como parte de algo mayor — solo queda uno mismo, responsable de estar siempre mejor.

Lo anterior no quiere decir que alguna petición en el espacio de terapia sea más o menos válida que otra, el paciente del principio necesitaba ser validado y ajustar las expectativas de su relación, su malestar es genuino. Quiere decir que a veces hay que poner en tela de juicio nuestra percepción de aquello que consideramos que necesita arreglo y aquello que no, qué queremos mejorar por un mandato externo y qué es una expresión verdadera de nosotros mismos. A veces es necesario consultar a un psicólogo para lograr hacer ese trabajo y es por ello que la posición ética del profesional es fundamental. El estado de nuestra sociedad nos empuja a querer sanar todo aquello que se ve fuera de norma y a hacerlo de forma individual con libros de autoayuda, ChatGPT o un psicólogo (quién tendría las “herramientas” para solucionarle el problema al paciente). Invito al lector a reflexionar ¿Lo que le pasa requiere de ayuda? ¿Qué malestares son “parte de la vida”? ¿Cuáles son insoportables? ¿Por qué?Referencias: ~135 d.C.)

Epicteto. (1993). Enquiridión (P. Ortiz García, Trad.). Alianza Editorial. (Trabajo original

Freud, S. (1992). El malestar en la cultura. En Obras completas (V ol. 21, pp. 57-140).

Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1930)

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

Le Goff, J., & Truong, N. (2005). Une histoire du corps au Moyen Âge. Liana Levi.

Rahula, W. (2009). Lo que el Buda enseñó. Kairós. (Trabajo original publicado en 1959)

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