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Caminar con dolor: reflexiones clínicas sobre el duelo

Entre la pérdida, el apuro y la posibilidad de seguir viviendo

Por: Ps. Hugo Venegas

Con frecuencia se observa, tanto en el discurso social como en las redes, una tendencia a entender el duelo como un proceso que debe «superarse» para volver a la normalidad. Sin embargo, la experiencia clínica relacional muestra algo más complejo: hay pérdidas que no se olvidan, vínculos que no se reemplazan y dolores que transforman profundamente la manera en que una persona habita el mundo y su relación con otros.

Sigmund Freud en Duelo y melancolía (1917) planteó que el duelo implicaría retirar la investidura afectiva del objeto perdido para poder reinvestir el mundo, un trabajo con un final, en donde el tiempo sería fundamental y reparador. Aunque esta formulación histórica es clave, autores contemporáneos la han complejizado: Jacques Allouch (2006) sostiene que en toda pérdida también se pierde una parte de uno mismo, y Massimo Recalcati (2023) describe el duelo como una experiencia que altera radicalmente el sentido de la propia existencia.

Desde el psicoanálisis relacional entendemos que nuestra identidad no es aislada, sino que existe dentro de una matriz de vínculos (Mitchell y Greenberg, 1983). Por lo tanto, perder a un otro significativo implica, inevitablemente, perder quiénes éramos en esa relación específica. Con la ausencia del otro, también desaparece la versión de nosotros mismos que cobraba vida en ese espacio compartido: nos quedamos de pronto sin el rol que ocupábamos junto a ellos (el amigo incondicional, el hijo que cuida, el confidente, etc). Esta profunda desorientación identitaria es lo que explica por qué el duelo resulta tan desgarrador. Desde ahí, la pregunta clínica deja de ser cómo «superar» una pérdida para transformarse en otra más humana: ¿cómo seguir viviendo cuando algo o alguien que organizaba nuestra vida ya no está? ¿Qué será de nosotros?

El duelo no siempre se expresa en palabras 

La pérdida irrumpe. Desorganiza rutinas, vínculos, proyectos y certezas, dejando muchas veces a las personas ante preguntas imposibles de responder. En la clínica, el duelo aparece frecuentemente antes en el cuerpo que en el discurso: en el cansancio, la sensación de vacío, el insomnio, el temblor o la sensación de extrañeza frente al mundo.

Neymar tenía 17 años y llegó a consulta sin saber que venía al psicólogo. Entró mirando el celular; las piernas no paraban, como si detenerse fuera peligroso, como si el silencio quemara. Era fútbol, movimiento, vitalidad en apariencia. Pero cuando nombraba a su amiga -quien se había quitado la vida hace pocos años- el cuerpo lo traicionaba: se le aceleraba el corazón, comenzaba a tiritar, un nudo en la garganta le impedía hablar. El duelo no estaba en sus palabras. Estaba en ese temblor, en ese nudo que apretaba fuertemente su garganta.

En muchos procesos de duelo traumático, las palabras todavía no alcanzan para simbolizar lo ocurrido. Como plantea Van der Kolk (2014), existen experiencias que permanecen inscritas corporalmente cuando el impacto emocional supera la capacidad de elaboración psíquica. A veces, el dolor no desaparece: se congela, quedando en un espacio interno inicialmente inaccesible.

El tiempo social frente a la necesidad de un hogar relacional 

Vivimos en una cultura orientada a la productividad y el rendimiento constante. En ese contexto el sufrimiento suele volverse incómodo, y con frecuencia aparece una presión por “seguir adelante” que pasa por alto los rituales, el detenimiento y la posibilidad de compartir el dolor con otros (Pérez, 2024). Como advertía Sándor Ferenczi (1933), el trauma se consolida cuando el entorno desmiente o minimiza la magnitud de una herida. Cuando el duelo no se “resuelve” en el tiempo socialmente esperado, el dolor queda desprovisto de validación, sumando al sufrimiento original una fuerte sensación de fracaso o culpa.

Frente a esta urgencia, el duelo podría pensarse como un camino que aparece bajo los pies sin previo aviso. Al comienzo se recorre a ciegas, en un aislamiento donde la mente busca desesperadamente explicaciones para recuperar el control frente a la irrupción de la pérdida. Las perspectivas relacionales han enfatizado que las personas no elaboran este nivel de desorganización completamente solas (Mitchell, 1988). Como señala Stolorow (2007), un suceso se vuelve traumático cuando el dolor emocional no encuentra un hogar relacional que lo sostenga.

Desde la clínica, resulta fundamental construir espacios donde la pregunta central no sea ¿cuánto tiempo falta para estar bien?, sino: ¿quién soy ahora que perdí ese pedazo de mí que amó?, ¿qué hago con lo que quedó?

La co-construcción del deshielo 

Acompañar un duelo -sea desde el rol terapéutico, familiar,  de pareja o desde la amistad- no consiste en interpretar, llenar de respuestas ni empujar al otro a avanzar. Lo que posibilita el movimiento psíquico es la experiencia de encontrarse con otro disponible emocionalmente (Aron, 1996). Significa permanecer cuando aparece el vacío, el dolor, la angustia. 

Donald Winnicott (1969) aportó una idea fundamental en esta línea: planteaba que el analista debe ser capaz de esperar antes de transmitir sus comprensiones. Si quien acompaña logra tolerar su propia angustia y resiste la urgencia de «curar» o llenar el silencio con palabras precipitadas, el propio paciente, a su tiempo, logra llegar a la comprensión de lo sucedido de una manera auténtica y creativa. Soportar la impotencia frente al dolor ajeno es, paradójicamente, lo que permite que algo comience a moverse.

Una mañana, camino a donde atendía a Neymar, el metro se detuvo bruscamente. Los parlantes anunciaron que había una persona en las vías. Silencio absoluto bajo tierra. En esa pausa forzada pensé en él, en su amiga, en la culpa del que sobrevive. Me angustié. Y en ese vagón detenido entendí algo que no me había dado permiso de saber antes: no soy una muralla. El proceso terapéutico es un espacio de influencia mutua constante; hay veces en las que el analista presta su propia subjetividad para sostener aquello que el paciente aún no puede procesar. “Si no me dejo afectar, él volverá a quedarse solo”, pensé. El duelo del paciente había salido del box y me había habitado a mí.

Afuera, el mundo le exigía a Neymar seguir. Nadie se metía al frío con él. Su proceso no necesitaba que lo empujaran a descongelarse, necesitaba que alguien estuviera dispuesto a entrar en ese vacío y permanecer ahí, validando la realidad de su herida. Con el paso de las sesiones, al experimentar que su angustia podía ser sostenida por otro sin apresurarlo o denegarla, su cuerpo empezó a ceder. El movimiento incesante de sus piernas fue encontrando pausas. El nudo que le cortaba la respiración dio paso a las palabras. Pudo comenzar a nombrar la rabia, la culpa de no poder haber hecho algo más y la profunda tristeza que lo habitaba. Al experimentar esto, la urgencia por explicar lo inexplicable comienza a aflojar. Al final de una sesión bordeando el cierre del proceso, me dijo: «Me sirve ver las cosas desde otra perspectiva». Quizás de eso se trata el acompañamiento: no de arreglar al que sufre en tiempo record, sino de entrar al frío junto al otro y esperar el deshielo. No en soledad, sino juntos.

Seguir viviendo 

Caminar un duelo no significa avanzar de manera lineal, como decía Barthes (2009), el duelo posee un carácter discontinuo. Con el tiempo, y gracias a la compañía genuina, el duelo no desaparece, pero la manera de convivir con él se transforma. Deja de ser un tránsito a ciegas y se convierte en un espacio interior, íntimo y propio, al cual poder visitar y revisitar. Ahí habita la memoria de lo que se amó y de quién amó.

Resulta profundamente conmovedor que el propio Sigmund Freud, doce años después de teorizar sobre la necesidad de retirar la energía del objeto perdido, escribiera desde su propia experiencia de duelo una reflexión que abraza por completo esta mirada vincular:

“Aunque sabemos que después de una pérdida así el agudo estado de duelo disminuirá, también sabemos que permaneceremos inconsolables y nunca encontraremos un sustituto. No importa lo que pueda llenar el vacío: incluso si se llena por completo, sigue siendo otra cosa. Y en realidad así es como debería ser. Es la única manera de perpetuar ese amor al que no queremos renunciar.” 

– Sigmund Freud, carta a Ludwig Binswanger (1929)

Quizás el duelo no consista en olvidar, reemplazar o «superar». Quizás consista, más bien, en aprender a caminar con aquello que duele, paso a paso, peso a peso, sin renunciar a la capacidad de volver a amar o dejar que nos amen.

Referencias

Allouch, J. (2006). Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca. Ediciones Literales.

Aron, L. (1996). Meeting of Minds. Mutuality in Psychoanalysis. The Analytic Press.

Barthes, R. (2009). Diario de duelo (A. Castañón, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 2009) 

Freud, S. (1917). Duelo y melancolía. En Obras completas (Vol. XIV). Amorrortu.

Ferenczi, S. (1933). Confusión de lenguas entre los adultos y el niño.

Mitchell, S. & Greenberg, J. (1983). Object relations in psychoanalytic theory. Harvard University Press.

Mitchell, S. (1988). Conceptos relacionales en psicoanálisis: Una integración. Siglo XXI Editores.

Pérez, E. (2024). El duelo en tiempos de pandemia. Un acercamiento psicoanalítico.

Recalcati, M. (2023). La luz de las estrellas muertas. Anagrama.

Stolorow, R. D. (2007). Trauma and human existence. Routledge.

Van der Kolk, B. (2014). El cuerpo lleva la cuenta. Eleftheria.

Winnicott, D. W. (1969). The use of an object. International Journal of Psycho-Analysis, 50, 711–716.

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